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miércoles, 11 de enero de 2017

¡Bienvenidos!


En un pequeño pueblo (si se le puede llamar así a un lugar donde el vecino está en el cerro de enfrente) disperso en la sierra de Guerrero, Buena Vista del Águila, municipio de Tetipac, para ser más exactos, es uno de los lugares donde comienzan mis recuerdos en una cocina.


Dentro de un cuarto de adobe lleno de humo, con una lata de metal de 19 L. totalmente tiznada por el uso continuo, se preparaba nixtamal en uno de los dos fogones de leña mientras en otro, con un gran comal de lámina, se hacían tortillas a mano en un lado de este  y del otro, dos ollas con guisado; no tengo recuerdo alguno de lo que realmente era; pero que estoy seguro era delicioso. Me encantaba ir allí.
La casa de mis abuelos era maravillosa, estaba justo a mitad de un gran cerro, como muchas otras en ese pequeño pueblo. No tenía mas que dos cuartos, (cocina y uno para dormir) dos pasillos (al frente de la casa y detrás), un pequeño baño y un desván donde se guardaba parte de la cosecha del año y otras cosas. También un patio con gallineros y una piedra enorme pegada a una pared de tierra (que, jamás supe para que estaba. Pienso tuvo que haber tenido algún fin, debería preguntarlo…), una piedra más, ésta de río: funcionaba como lavadero, el cual se abastecía de agua de una gran pozo que se había construido más arriba de ese cerro con la finalidad de captar el agua de lluvia y así abastecer la casa. Finalmente, dos trancas de madera que cerraban el paso al interior del patio y a su vez a la casa para así evitar que algún animal hiciera de las gallinas o pollos su cena durante la noche.

Por la parte trasera de la casa, cerro abajo, había un gran campo que albergaba una cantidad bastante grande de magueyes con los cuales se producía agua miel y pulque, que no faltaba nunca en la cocina. El agua miel se sacaba del corazón raspado de maguey con carrizos, que eran el resultado de la milpa que se sembraba en el otro lado de casa. Esos mismos carrizos servían para soplar y avivar el fuego con el cual se mantenían prendidos los fogones de leña en la cocina. Me adentraré un poco más en esta parte de esa casa, que es de donde tengo deliciosos recuerdos.

Era una cocina pequeña, con apenas lugar para una mesa pegada a la pared, donde cabían 4 personas sentadas. Al otro extremo, un bloque de adobe, sobre el cual se formaba tres pequeñas paredes que cumplían la función de sostener las láminas que cubrían el espacio donde se metía la leña y así conservar el calor. Esta parte se mantenía caliente siempre, pues después de usarse y apagada la leña, se cubría con las mismas cenizas para así mantener  las brazas ardiendo y posteriormente colocar mas leña y volver a prenderla; si al caer la tarde había algún antojo, éste lugar era perfecto para cocinar un huevo, tibio o duro. Éste se colocaba con el fuego apagado entre las cenizas, se tapaba con ellas durante unos 10 minutos y salía listo para comer. En otro extremo, habían repisas y un pequeño estante de madera donde se colocaban bandejas de plástico, ollas de barro, cacerolas, una jarra de barro para el pulque, cubetas llenas de agua.  El agua se obtenía a mitad del cerro, en un manantial natural de agua, el cual se había modificado para hacer un pozo y captar toda el agua que venia del mismo;  se tapaba con pedazos de madera, hojas de maguey y demás cosas para que otro animal no cayeran en él o se metiera y contaminara el agua. Se recolectaba con un yugo de madera con una cubeta a cada lado y se transportaba hasta la casa, se almacenaba en cubetas tapadas y se mantenía muy fresca y con un sabor muy particular a mineral.  Finalmente, una puerta de madera ennegrecida por el interior debido a todo el humo y detrás de ella, un pequeño molino de maíz con una bandeja debajo, sostenida sobre un tronco: era una de las cosas más importantes de esa cocina, casi tan importante como el bloque de adobe que funcionaba como fogón, pues en éste se molía el maíz nixtamalizado para hacer masa y preparar tortillas, tlacoyos, sopes, chuchupis (un tipo de tlacoyo mas grande y sin relleno), gorditas, etc.

Realmente no recuerdo alguna receta o comida por parte de mi abuela paterna pues era muy pequeño cuando ella cocinaba, pero los sabores obtenidos a partir de éste tipo de cocina son siempre exquisitos. Mi abuelo por mucho tiempo estuvo solo y cocinaba siempre frijoles en olla de barro, siempre sabían deliciosos. Para acompañarlos, sólo agregaba cebolla y chile picado, los comía con tortillas hechas a mano: era algo increíble.

Aunque tiempo después mi abuelo decidió hacer otro cuarto más (éste más grande y ya no de adobe,  si no de tabique) para que funcionara como una nueva cocina. La cocina anterior pasara a ser un cuarto más para dormir, no dejaré de recordar aquella vieja cocina pues, definitivamente, aunque más chica, reunía todos los factores para tener una buena comida en familia.

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